Tenía tatuada el alma con una historia. Una historia que empezó como cualquier sueño juvenil. La perfección. El agua que recorre plácidamente el barranco deseando llegar a su desembocadura: la vida.
Un comienzo especial para una persona especial.
Pero no era eso lo que guardado en su corazón permanecía, sino la tormenta que precedía al remanso, tenía tatuado cada tropiezo, cada zigzag que la historia le deparó, cada bucle y cada confusión; estaba marcado.
Sin olvidar el final, el destino.
Sin olvidar que es el pasado.
Sin olvidar que tiene la vista en el futuro, en el infinito.
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